19 oct. 2012

Carta al señor i

Londres está sucio, incluso bajo la lluvia, da pena, o el apenado soy yo.

Me sorprende la cantidad de obras que hay, de locales nuevos, o en reformas, de solares despejados, o edificios en remodelación, de otros recién acabados, listos para ser devorados por el consumismo. La crisis es más moderada. Me gustaría compartir los detalles contigo, pero no estás. Me gustaría preguntarte tu opinión, pero no escribes, nunca escuchas.

Sí veo las cosas, pero no las observo, es decir, me falta concentración, estoy distraído, o bien, estoy destrozado. Lúcido pero cansado. No sé a dónde voy ni lo que quiero, pero sé que aún te quiero. Y me duele. Al menos sé de dónde vengo.

Paseo poco, duermo mucho, sueño contigo, duermo con otro. Me gusta su piel, pero todo en él es distinto. Quizá sea la importancia que le doy a algo tan banal como la falta de un trozo de su piel, porque resulta que es judío, mi primer hebreo, mi primer sefardí. Quinientos años después de la expulsión y habla un castellano puro, es asombroso, conserva las tradiciones y ama España, de verdad que ama, le apasiona España. Más que yo.

Mi primer sabbath, él se ha ido a la sinagoga y me encuentro solo, medio secuestrado. Golders Green más que un barrio, es un ghetto. Me siento un intruso, invitado y querido, pero ajeno, ignorante, un turista paleto.

Utilizo el ordenador a escondidas, casi a ciegas, con la luz de cuatro velas que ha prendido, dos sumergidas en aceite, las otras dos son de parafina o un material similar. Me falta luz, me faltas tú.
Y pienso en ti.

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